Preguntas

   

   Durante mi adolescencia milité en la juventud comunista, en la Fede. Estaba convencida de que era por ahí. La revolución parecía estar tan cerca que casi la podíamos rozar con la punta de los dedos. La revolución era la posibilidad de construir un mundo mejor, para todos. Al principio iban a ser tiempos duros, decíamos, pero valía la pena para que todos pudiéramos ser libres y felices. 
   Yo estaba en la juventud Comunista, en la Fede, y estaba convencida de que mi partido sería el que un día cercano lideraría el cambio de época. Y para lograrlo había que afiliar, había que invitar a militar, había que convencer. Entonces, yo explicaba, insistía. La razón estaba de mi lado, de nuestro lado. Y esa razón era tan razonable que cualquier persona inteligente, noble y con conciencia lo podría entender. Sólo era cuestión de saber explicar.

   Por aquellos años me había hecho amiga de un grupo de pibes más grandes. Con ellos compartía ideas, gustos musicales, opiniones, pero no compartíamos el espacio de militancia. Todos militaban en el Partido Intransigente. Para mí estaba claro que  había que convencerlos, ganarlos para la causa. Muchas veces conversé con ellos pero no había caso, sabían más que yo y me ganaban todos los debates. Así que un día convencí a un compañero de la Fede, al que yo consideraba un cuadrazo, para que hablara con ellos.  

   El encuentro ocurrió por fin en una peña o algo así. La conversación fue apasionada, respetuosa, divertida. Pero nadie intentó convencer a nadie y cada uno siguió en lo suyo. Con los años, estos pibes dejaron de militar en el PI y anduvieron por otros espacios, más tarde mi compañero dejó la Fede y finalmente yo también me fui.

   Empiezo esta historia por acá. Empiezo por la inocencia, por la joven que fui, por la que creyó que la verdad era una sola y que sólo se trataba de descubrirla y saber contarla. Empiezo por acá porque el camino para hallar la verdad está tan degradado que sólo quisiera aferrarme a algunas certezas. Empiezo por acá porque hoy la realidad se parece demasiado a las arenas movedizas de las películas viejas y tengo miedo de caer en ellas.

   Empiezo por acá, por la piba que fui, por todos mis ideales que siguen ahí, porque sigo siendo de izquierda, porque creo que el capitalismo está mal, porque me duelen la injusticia, el hambre, la desigualdad.

   Tengo unas pocas certezas. Pero a diferencia de aquella adolescente, no tengo tantas respuestas.

   Empiezo por acá, porque estoy llena de preguntas.

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   Ahora, de grande, sé que existen distintos puntos de vista. Desde dónde miro la realidad, con qué herramientas, con qué experiencias leo la historia. 

   Hay certezas, no muchas.

   Y hay preguntas.

   Quiero decir, hoy, con mucho más años, puedo entender que el otro, el que piensa distinto, también tiene sus opiniones, sus dolores, sus miedos, sus deseos. Puedo reconocer que lo que para mí es bueno, para el otro puede ser malo. 

   Hace tiempo que intento ese ejercicio. A veces me sale.

   Puedo entender el dolor que siente la hija de un militar asesinado en la dictadura. Puedo entender su rabia, su deseo de justicia. Son sentimientos universales. Puedo entender que esas personas sientan que la verdad está de su lado.

   Y así como lo entiendo, aparecen las preguntas.

   Si yo lo entiendo ¿por qué ellos no?

   ¿Por qué es importante su dolor, pero no se conmueven con los otros dolores? 

   ¿Acaso no tenían familiares los desaparecidos? ¿No tenían familiares las personas secuestradas, torturadas, arrojadas en los vuelos de la muerte? ¿No tenían familias los bebés apropiados?

   Ellos hablan de memoria completa, pero borran las preguntas que construyen a un otro.

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   De pronto aparecen algunas certezas.

   No todo es relativo. 

   Si te desgarra un asesinato, pero sos indiferente a los otros asesinatos, o peor, los festejás, estás en la vereda equivocada.

   Si llamás asesina a la mujer que aborta pero defendés a los tipos que picaneaban embarazadas, estás en la vereda incorrecta.

   Porque hay unas pocas pero necesarias certezas, tiene que haber certezas.

   Pequeñas y enormes certezas. Me aferro a ellas, para tratar de entender dónde estoy yo, y dónde estás vos.

   Podemos estar en veredas opuestas y respetarnos.

   Pero no todas las ideas son respetables, no es cierto. 

   Si en tu vereda aceptás que un gobierno le quite posibilidades a los humildes, a los discapacitados, a las diversidades, tu vereda está rota.

   Si en tu vereda se reivindica un genocidio, si se celebra el asesinato, la usurpación, el sometimiento, tu vereda huele mal.

   Si tus ideas implican necesariamente el sufrimiento de otros, no hay debate posible.

   Tu vereda está salpicada de sangre.

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   Entre todos los proyectos que pensé este año estuvo el de dar un taller de periodismo. Se me ocurrió viendo el estudio de radio del centro cultural dónde daba el taller literario. La radio me puede... y creí que sería buena idea.

   No funcionó, por suerte. Por varios motivos. 

   En principio, me di cuenta que estoy realmente atrasada en cuanto al uso de herramientas para hacer periodismo. No sé usar las aplicaciones para hacer podcast, por ejemplo; todavía sigo con aquello de la pirámide invertida, la estructura de la noticia, las preguntas elementales, cuando intuyo que el periodismo digital va por otros caminos; y ni hablar del uso de las redes, con las que a duras pena me doy maña.

   Soy de otra generación. Aprendí periodismo tecleando en máquinas de escribir, desgrabando a mano, buscando información en los libros, los de papel. 

   De todas formas, supongo que aún podría aprender. Podría intentarlo. 

   Pero hay otras cuestiones en las que también atraso, cuestiones relacionadas al corrimiento de ciertos límites, a la relativización de la verdad, a la deformación de la realidad según el punto de vista. No quiero aprender todo eso.

   Cuando estudié periodismo, creía que todo se relacionaba con la búsqueda de la verdad.

   "No existe la objetividad periodística", fue lo primero que nos dijeron. Es cierto, estamos impregnados de subjetividades. Desde la elección de las palabras, hasta la posición desde la que contamos los hechos, no es posible ser objetivos. 

   Por ejemplo, si el gobierno de un país invade a otro y se lleva a la fuerza a su presidente ¿es lo mismo hablar de "extracción" que de "secuestro"? 

   ¿Es lo mismo decir "intervención" que "Invasión"?

   ¿Podremos seguir utilizando la palabra "democracia" cuando las leyes son quebrantadas y cuando la protesta es reprimida con ferocidad?

   Preguntas.

   Entonces no, no podemos ser objetivos. Pero al menos podemos ser honestos. 

   Honestidad y objetividad no son lo mismo, pero se relacionan bastante. La honestidad implica un compromiso con la búsqueda de la verdad.

   Por eso son tan necesarias las preguntas.

 ______________________

   En un barrio humilde, un policía dispara contra un hombre desarmado y lo asesina. La noticia aparece primero en los medios alternativos, en las redes. Un día después la publican los medios más grandes. Pero para el diario más importante del país, según su titular, "Intervino la policía y hay un muerto". Si me permiten, es un juego sintáctico de oraciones coordinadas en las que causa y consecuencia quedan separadas una de la otra: por un lado la policía intervino; por el otro hay un muerto, sin sujeto, nadie lo hizo. Sólo pasó. 

   Esto es sólo una muestra de lo que pasa cada día. El contraste entre lo que ocurre y lo que se cuenta es cada vez más alarmante. 

   Hay una crisis en el periodismo, sin dudas. Hay una crisis en la información que recibimos, en cómo la recibimos. Hay una crisis en nosotros, en la indiferencia con la que cada día consumimos noticias falsas, parciales, recortadas, inventadas.

   Atrás, en 2025, quedó el recuerdo escandaloso del periodista que mansamente aceptó suprimir preguntas incómodas para el presidente. 

   Un periodismo que no hace preguntas es un periodismo sumiso, servil.

  Un periodismo que no hace preguntas, que no cuestiona, no es periodismo. 

   ¿Podría un periodista, por ejemplo, preguntarle a la vicepresidenta qué opina sobre el secuestro de bebés durante la dictadura? ¿Podría preguntarle si el secuestro y apropiación de bebés forma parte de la memoria completa que ella reivindica?

   Quizás, la pregunta es incómoda, pero de eso se trata, de romper con la quietud y la comodidad. 

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   Ahora hay cientos de verdades. Por un lado los grandes medios se expanden y por otro lado las redes explotan de nuevas formas de comunicación. 

   Estamos encerrados en pequeños o grandes guetos. Una vez más, manipulados. Los algoritmos nos recomiendan, nos ofrecen, nos orientan. Dime qué piensas y te diré qué escuchar, qué ver, qué leer. Dime qué piensas y te daré razones para sostener tu verdad.

   Cada cual utiliza las redes para alimentar y fortalecer sus verdades y sus creencias.

   Vos y yo también, no estamos exentos.

   Por eso, para escapar de las verdades absolutas que nos atrapan, son tan necesarias las preguntas. 

____________________________   

   ¿Acaso no tengo yo mis propios prejuicios?

   ¿Acaso no estoy repleta de preconceptos?

   ¿Acaso las redes no juegan también con mis propios sesgos, mostrándome lo que yo quiero ver y escuchar?

   Claro que sí, por eso, una vez más, son tan necesarias las preguntas, más que las respuestas.

   ¿Qué está mal? ¿Qué me hace ruido? 

   ¿Cuál es el límite? 

    El mundo que quiero ¿puede dañar las libertades de los otros? ¿requiere que haya sufrimiento de otros? ¿podría dañar al planeta?

    Las preguntas nos guían.

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   Escribo todo esto porque  no puedo entender. 

   El mundo se puso patas arriba pero lo más alarmante es que la vida cotidiana continúa como si nada pasara.

   Los incendios avanzan en el sur mientras el gobierno hace negocios con el desastre; el presidente del país más poderoso de América invade otro país, secuestra a su mandatario y anuncia como un señor feudal que todo el continente es suyo; allá, en el norte, una mujer, madre y poeta, es asesinada por cuestionar la injusticia; acá, en el sur, el gobierno destruye leyes que protegen a los recién nacidos, a los bosques, a nosotros. 

   Todo se convierte en noticia o en espectáculo, casi lo mismo. 

   Nos falta Norita, nos falta Osvaldo, nuestros faros.

   Tenemos que seguir andando, buscando estrategias.

   Escribo para tratar de entender.

   Si las leyes que nos protegen pueden suprimirse, si nuestras vidas importan poco, si el mundo que habitamos puede incendiarse ¿por qué este silencio, esta quietud?

    ¿Por qué la vida cotidiana continúa como si nada pasara? ¿Cómo es posible?

   Somos como Alicia en el reino del revés. Andamos a tientas, entre el disparate y el horror, entre la estupidez y la maldad. Un rey de corazones, desquiciado, amenaza con cortarnos la cabeza, mientras sus súbditos, temerosos, pintan de rojo lo que en verdad es blanco. 

   ¿Podremos finalmente romper el espejo? ¿Podremos escapar?

   Preguntas. 

   "Quién sabe Alicia, este país, no estuvo hecho porque sí."

   

   

Comentarios

  1. Excelente. Me encanta como escribís ,,cómo increpado ,preguntas ,planteas. Acuerdo con tu visión y estoy azorada frente a la realidad.. pero sigo creyendo y luchando a mí alrededor ,cada vez más limitado .porque el mundo sea como lo soñamos !!!

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