Reflexiones después del 3J
Todavía estoy conmovida con la plaza del 3J.
En estos días,
la conversación se renueva. El dolor recrudece y lo que a veces anestesiamos
vuelve. Todas nosotras hemos vivido, en más de
una ocasión, situaciones de acoso y de miedo. Todas. No importa qué edad
teníamos, dónde crecimos o cómo es nuestra historia.
Vengo pensando
mucho en todo esto, especialmente cuando escucho, cuando leo tantos comentarios
encarnizados contra la víctima. Construyen las imágenes de
una niña descarriada y de una madre inmoral. Necesitan ese circo. Porque pensar
en malas mujeres que caminan hacia el peligro propone una situación
excepcional; en cambio, cuestionar la estructura del sistema político es
exponer que todo está construido para que permanentemente estemos en peligro.
Porque no
importa qué ropa, qué hora o qué lugar; no importa qué gesto o qué palabras. No
importa cuántas redes, si seis o siete, ni cuántos romances.
Nos violan y
nos matan porque pueden y porque quieren.
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Propongo un
ejercicio para pensar. Supongamos que un hombre es asesinado de la manera más
brutal, supongamos que logran atrapar a quien lo asesino y se descubre que es
una mujer ¿imaginan a los jueces revisando las redes de la víctima o al
periodismo cuestionándolo porque tuvo mucha vida sexual? ¿lo imaginan? no ¿No?
Es absurdo.
¿Entonces? Entonces no
somos iguales ante la justicia, no somos iguales ante la opinión pública, no
somos iguales ante el periodismo.
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Todavía hoy es
necesario aclarar, una y mil veces, que la violación nunca está motiva por la
atracción sino por el abuso de poder. Avanzar sobre el cuerpo de otra persona
contra su consentimiento no es un impulso motivado por el deseo, es un acto de
sometimiento. Violar es romper, lastimar, destrozar; es doblegar, humillar,
avasallar, destruir. Y después, descartar.
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Porque cuando
alguien nos gusta lo cuidamos, lo respetamos, lo dejamos crecer en su belleza.
La violación
es rapiña, extracción, devastación. Es invasión y es destrucción.
No se parece
en nada al deseo, ni al sexo, ni al amor.
Es un acto de
pura violencia.
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En algún
posteo, hace mucho, escribí sobre las veces que me tocaron la cola en la calle.
La primera vez fue cuando tenía doce años y no sabía que eso podía pasarme.
Nadie me lo había explicado. Iba caminando y un tipo se subió a la vereda con
la bicicleta, me acorraló y me tocó. Yo no tenía ropa provocativa, mi cuerpo
era aún el de una niña, era de tarde y solo había ido a comprar una cartulina al
kiosco. A casa llegué llorando y durante mucho tiempo esta historia condicionó
mi vida. Cuando veía a un grupo de varones bajaba la vista. No sé si era
vergüenza o miedo, o ambas. Con el tiempo aprendí a relativizar esa y otras
experiencias, pero tan relativas no fueron, porque nunca las olvidé.
En estos días
me estuve preguntando qué hubieran dicho de mi mamá si aquel día me hubiera
pasado algo peor ¿Por qué estaba sola? ¿Por qué no me cuidaron?
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No nos creen.
Si sonreís, si tenés sexo, si no tenés, si sos linda, si sos fea, si te gusta
salir de noche. Sos sospechosa. Como dije antes, ningún varón pasa por ahí.
Tampoco nos creen cuando aparecemos muertas. Algo habremos hecho con ese cuerpo
para que quede así, descuartizado en bolsas de consorcio tirado quemado
enterrado. Nuestros cuerpos rotos son la evidencia que no quieren ver.
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Algo habremos
hecho. Hace días que estoy pensando en esto.
Cuando era
adolescente mentí varias veces. Creo que no fueron muchas, pero las suficientes
para que hoy me juzgaran si me hubiese pasado algo. Una vez me ratié de la escuela
para estar a los besos con mi novio, en ocasiones mentí a mis viejos para
encontrarme con un amigo al que no querían porque era mucho más grande que yo y
algunas veces para que me dejaran salir inventé un regreso seguro que no
existía.
Está mal, ya
lo sé. Lo que quiero decir es que, en líneas generales, era una buena piba,
como casi todas las pibas, pero las pibas a veces mienten a los adultos. Y
ahora pienso que varias veces me salvé de casualidad, que mi mamá también se
salvó de casualidad de ser cuestionada, que mi papá en cambio, no le importaría
a nadie.
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La verdad es
que hace muchos años que no ando sola de noche por la calle. La prudencia se me
adhirió a la piel como una alarma que de pronto se activa ante el menor
movimiento. Y, aun así, sé que nunca estamos fuera de peligro.
En estos
últimos días me viene un recuerdo no tan lejano. Fue hace poco más de quince
años. Un compañero de trabajo, unos libros que tenía para darme, un beso no
deseado y una puerta con llave, mis gritos: "¡Abrime ya!" y él
tratando de calmarme hasta que al fin abrió y me pude ir. Volví a mi casa
caminando angustiadísima. Me sentí estúpidamente culpable ¿Y si di las señales
equivocadas? ¿Qué hacía yo ahí? ¿De verdad me creí que iría a buscar unos
libros?
A la distancia
creo que no fue nada, que nunca pensó en hacerme daño, que se confundió. Era
buena gente, al menos hasta ese día.
Lo que no
puedo dejar de pensar es en el terror que sentí, fue visceral, y después la
culpa.
Lo que no
puedo dejar de pensar es que ni él ni ningún varón sabe del terror en el
cuerpo, de las alarmas sonando todas juntas. No sabe, ninguno lo sabe.
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La verdadera
justicia no puede ser nunca la que encuentra el cuerpo, la que atrapa al
asesino y lo condena.
La verdadera
justicia es la que evita el asesinato.
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Estamos todas
un poco rotas. Aprendimos a sanar con las otras, reconstruyendo la memoria
reordenamos el rompecabezas de nuestras historias. Nos queda la responsabilidad
de defender, de proteger las historias de las que no están.
Pero seguimos
acomodando piezas en medio del desastre. Una menos cada 31 horas.
¿Cómo seguimos?
El encuentro
en la plaza reunió el dolor y renovó energías.
¿Pero cómo
convertimos la rabia en un proyecto, en una esperanza?
Por ahora sólo
tengo preguntas. Pensemos juntas.

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