Crónica de una pesadilla

No sé por qué salí a la vereda así, casi en bolas, no sé en qué pensaba. Iba a ser algo rápido. Salir, dejar la bolsa y entrar. Nada más. 
Pero entonces lo vi y supe que estaba en peligro.
Me estaba por pasar algo terrible y era mi culpa.
Mi cuerpo se erizaba mientras mi mente calculaba si era posible salvarme, si podría llegar a la puerta y cerrar a tiempo.
Giré desesperada y desandé el camino como pude.

Me despierto aterrada. Me siento en la cama, intento respirar pero me falta el aire. El corazón quiere saltar de mi cuerpo, no para no para. Trato de tranquilizarme.
Desde el mundo de los sueños llegan algunas imágenes y todavía pesan sobre mi cuerpo. Quisiera borrarlas de mi memoria, que desaparezcan, pero al mismo quiero recuperarlas, una por una, recordarlas, porque necesito saber si me salvé, si pude entrar y cerrar la puerta. 
Creo que desperté cuando estaba afuera y eso me angustia de verdad porque estoy casi segura de que no lo logré.
Yo sé que fue una pesadilla, no estoy confundida. Pero en este momento hay una línea delgada que separa los dos mundos, el que acabo de dejar y este.  
Ahora que estoy despierta, ahora que estoy a salvo, todavía no puedo apagar todas las alarmas encendidas en mi cuerpo.
Quizás si cierro los ojos puedo volver y darle un buen final a la historia. No lo pienso, simplemente necesito hacerlo.
Me recuesto. No me relajo mi un poco. Todo mi cuerpo está rígido, erizado.
Podría haberlo evitado, pienso, es mi culpa ¿Por qué me expuse así?
Necesito salvarme, necesito cambiar el final.
Entonces vuelven las imágenes, como una película. Me veo en pequeños fragmentos. Quizás ahora pueda entender algo. Es de día, debe ser la mañana. Salgo a la vereda de una casa que no es mi casa pero la reconozco. Estoy envuelta en un toallón. Estoy tan expuesta ¿Qué podía ser tan urgente para salir así?
Soy un señuelo, un cartel luminoso.
En mi sueño no soy vieja ni joven, ni linda ni fea, ni flaca ni gorda. Pero soy una mujer y no tengo ropa.
Y entonces lo veo ahí está él, a unos pasos. El monstruo. Veo cómo me mira y ya sé todo lo que está por pasar. No me ve a mí, ve otra cosa.
Me doy vuelta y quiero llegar a la puerta, cerrar a tiempo. Me cuesta llegar, me apuro pero no llego ¿Por qué en las pesadillas es tan difícil correr?
Se me cruzan las imágenes de distintos finales. En uno no lo logro, en otro estoy adentro pero una mano y un pie me impiden cerrar la puerta. En otro, cierro a tiempo pero de pronto comprendo con espanto que la ventana del cuarto que da a la calle quedó abierta.
No lo logro.
Me levanto, es temprano pero ya no quiero estar en la cama.

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La sensación de espanto me dura un rato largo, se va atenuando de a poco pero no se termina de ir.
Creo que todavía la siento.
Mi cuerpo, en otro mundo, fue ultrajado, y no pude hacer nada para evitarlo.
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Me pregunto qué pesadillas tendrán los hombres.
¿Comprenderán alguna vez nuestros terrores?
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Mi día continúa pero de a ratos las imágenes vuelven y entonces me decido a escribir.
Ahora, más tranquila, intento desentrañar qué pasó, qué sentí, por qué.
Lo primero que pienso es en la culpa. Fue un sentimiento inmediato, que llegó al mismo tiempo que la sensación de peligro. Estoy en peligro y es mi culpa. Así fue. 
Me interpela este sentimiento porque en el mundo real, en el que transito despierta, sé que la culpa nunca es de la víctima. Lo sé y sé que no importa cómo estaba vestida, o desvestida, sé que nuestros cuerpos no deben ser tocados, maltratados, destrozados por nadie.
Pero en el sueño sentí culpa. Porque aunque razone y entienda y sepa, la culpa está ahí, aprendida.
Cuando me encuentren van a decir eso, creo que pensé, que fue mi culpa, que me lo busqué, que qué boluda.
Lo escuché tantas veces.
Las que ya no están ¿habrán sentido algo así?
Una vez más quisiera creer en la vida después de la muerte para imaginar que nos ven, que saben que desde acá las cuidamos, como podemos, que defendemos sus memorias y sus historias.
No fue tu culpa Melina, María de los Ángeles, Soledad; no fue culpa de ustedes Morena, Brenda, Lara.
No fue la culpa de ninguna.
No importa lo que digan los medios, la opinión pública o las redes.
Nosotras sabemos.
Nosotras entendemos.
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¿Sabrán ellos lo que es tener este terror?
Dije terror, no miedo.
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No, no es algo que haya vivido.
Y sin embargo...
Mientras escribo vuelven las imágenes.
Ahora me detengo en esos ojos escrutando mi cuerpo.
Ojos vacíos, sin emoción.
Esos ojos me miraban pero no me veían a mí, sino a una presa.
Ojos agazapados.
Mirada deshuamanizada y deshumanizante.
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Yo conozco esa mirada.
La vi, en otros.
Fue hace tiempo. 
Cuando era nueva en este mundo y me siguieron y me tocaron y me dijeron una inmundicia.
Y envejecieron algunas emociones, se congelaron ciertos deseos, quedó paralizado una parte de mi espíritu.
Hasta que pude nombrar ese terror.
Yo conozco esa mirada, esa mirada que no me veía a mí, que no nos ve.
Y me aterra.
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Claro, todos tenemos miedo.
No es miedo a que te roben, ni siquiera es el miedo a que te maten en ese robo.
Todo eso es terrible, claro.
Pero esto es otra cosa.
Es otra cosa.
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Imágenes que vuelven.
Pensamientos que se despiertan.
Cuando lo vi supe que estaba en peligro.
¿Por qué lo supe?
No necesité ninguna reacción violenta para saberlo, no fue necesario.
Tampoco necesité ninguna confirmación aquella vez que un tipo caminaba detrás de mí por la calle.
Simplemente lo supe.
Todas lo sabemos, todas lo aprendimos.
Aprendí a encender las alarmas en mi cuerpo.
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Se me ocurre que este terror es heredado.
Se me ocurre que nuestras ancestras lo heredaron de las otras, y así.
El terror en la piel, en los huesos.
En el cuerpo.
En el ADN.
No sé mucho de ciencia, no sé nada. Se me ocurre que debo estar diciendo algo absurdo.
Pero estoy segura de que es cierto.
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Ahora que le puse palabras, ahora que saqué todo esto, las imágenes de pesadilla empuezan a borronearse.

Me gustaría terminar este posteo con algún pensamiento positivo o esperanzador.
Pero en estos días, cuando todas nuestras conquistas están en peligro, es difícil pensar así.
Me gusta imaginar cómo podría ser un mundo diferente.
Sin pesadillas que traspasan el mundo de los sueños.
Sin terrores.
Me gustaría tanto.

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