Duelos
Angustiada por las deudas
de su novio Sam, Marion decide robar cuarenta mil dólares de la inmobiliaria
en la que trabaja. Después huye y en medio de una tormenta decide pasar la
noche en un motel. Allí conoce a Norman, el dueño de aquel sitio, quien la invita a cenar y conversan
amablemente. Es precisamente a partir de ese encuentro, que Marion recapacita y
decide que al otro día irá a devolver el dinero y afrontará las
consecuencias.
Un despertar de conciencia
abre una nueva oportunidad.
Un rato después, Marion
muere asesinada en la conocidísima escena de la ducha.
Así transcurre casi la
mitad de Psicosis, la gran película de Alfred Hitchcock.
¿Un juego del director, un
recurso fílmico, una burla? Lo que sea nos tiene gran parte del film siguiendo
la historia de Marion: sus motivaciones, sus temores, su arrepentimiento. Y de
pronto todo queda trunco. La muerte.
La película seguirá, pero
atrás, diluida, incompleta quedará la historia de alguien que ya no importa en
la trama.
Todo lo que vimos de ella
ya quedará incompleto.
Eso es lo que me angustia.
No la muerte en sí, sino el vacío que se produce con la muerte.
¿Por qué empiezo por acá?
Porque quiero hablar de la muerte, de lo que queda, de lo que se va, de lo que
muere con nosotros.
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A veces algunas
personas se apagan. Así, sin ninguna razón aparente. No envejecen ni se
enferman. Un día, de golpe y sin explicación, se apagan.
Son situaciones
excepcionales dicen, pero son impactantes. Un día te encontrás con alguien;
conversás, se ríen, te habla de su vida, de sus planes, de sus proyectos, y
antes de despedirse planean un futuro encuentro. Pero unos días después esa
persona no está más. Se apagó. Nadie sabe explicar por qué.
Así, nos vamos quedando
solos en esta conversación universal. Hasta que un día, quizás, nos apaguemos
nosotros, sin previo aviso.
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Hace muchos años hubo un
mundo seguro, o al menos uno que parecía seguro. Las personas no se morían. Mis
viejos, los artistas que admiraba. Todos vivos. El mundo era presente y futuro,
un futuro inmenso donde la gente seguía viva.
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¿Será la muerte acaso una
entidad? ¿O será la nada misma, un agujero, el vacío, el mundo que se apaga?
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Lo que me preocupa no es la
muerte en sí. Lo que me preocupa es la memoria. Lo que me preocupa es la
desmemoria. Lo que me preocupa es el olvido.
¿Quién cuenta las historias
de los que ya no están? Personas que existieron hace siglos, personas que
conocimos de pasada ¿A dónde van a parar sus recuerdos, lo que fueron, lo que
soñaron?
La primera generación se
aferra a los recuerdos desde un compromiso emocional. Atesora los momentos como
propios.
La segunda recuerda con afecto,
pero con distancia. Algo reconstruye como propio y algo le contaron. De todas formas,
recibe la herencia y se hace cargo.
La tercera generación no tiene ningún recuerdo. Puede ser más o menos respetuoso con el pasado, pero no encuentra
ningún lazo afectivo. Heredará, eso sí, un puñado de anécdotas familiares que,
en el mejor de los casos, mantendrá un nombre, un símbolo, un ejemplo.
La cuarta generación no sabrá nada. Ni siquiera reconocerá nombres.
¿Quién contará nuestras historias dentro de miles de años?
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Algunos de nosotros la sentimos, la vimos cuando apagaba una vida. Somos los que vemos a los Thestrals de Hogwarts.
A veces me cuesta entender por qué somos tan pocos.
Debería ser natural que en sus últimas horas alguien esté junto a sus seres
queridos. Entonces sería lógico ver morir a un ser querido.
Pero parece que no es así. Las personas mueren solas,
o rodeadas de médicos, tubitos y cables.
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Cuando un ser querido se muere me da rabia que
estúpidamente se esté perdiendo cosas.
"¿Cómo te vas a morir, boludo?" es lo
Mi viejo, por ejemplo, se perdió el 2001 y todo lo que
vino después; mi vieja vivió un poco más, pero no lo suficiente, al menos para
mí. Los dos se perdieron a Juan, que es lo que más bronca me da.
¿Cómo se van a morir, boludos?
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Hace muy pocos días murió
mi gatita Linda. estaba enferma y aunque sabía que estaba muy mal yo quería que
se quede.
Hay un dolor que no se va.
Estoy triste por ella y porque además no quiero perder a nadie más.
La extraño todos los días
un rato, en algún momento. Me di cuenta en pandemia que en situaciones de
pérdida lo que uno añora realmente son las situaciones chiquitas. Yo digo que
es la huella cotidiana. En aquellos días extrañaba llevar a mi hijo a la plaza
después de la escuela; extrañaba tomar mate con una amiga. Esas cosas
extrañaba.
Con Linda es igual.
Extraño sus maullidos, sus
pequeños gestos amorosos, sus cretinadas de gata mala.
A dónde miro me hace falta.
Ya nadie se va a dormir
sobre mi escritorio.
Nadie aquí va a caminar por
los estantes de la biblioteca, arrojando al vacío los obstáculos que encuentre
a su paso.
Nadie buscando mi calor por
las noches.
Pienso en el gato del
cuento El sur de Borges: "y pensó, mientras alisaba el negro
pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un
cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico
animal, en la actualidad, en la eternidad del instante." Hace días que pienso
en esta frase ¿Y si Borges se equivocó? ¿Y si los animales sueñan, imaginan,
desean?
¿Habrá
sentido mi gatita que la vida se le terminaba? ¿Habrá entendido que se apagaría
para siempre?
Mientras se empezaba a ir le puse una manta y la
acaricié, le susurré, le dije que la quería ¿Sabría ella que soy yo la
guardiana de su memoria en este mundo?
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Linda nunca fue una gata buena, seamos sinceros.
Fue jodida desde el primer día. Me lo advirtió la
amiga que me la trajo, "me parece que es medio brava" me dijo. Se
quedó corta.
No le gustaba ser abrazada, no quería estar a upa y
mucho menos que le tocaran la panza.
Para acariciarla, había que bajar una mano y dejarla
allí, colgando casi en el piso ahí, hasta que ella se dignara a ser acariciada
cuando se le antojara.
Una vez, cuando Juan era chico, se sentó frente a él y
estuvo mirándolo por varios minutos hasta que, sin aviso, saltó y lo arañó en
la cara. Unas rayitas rojas aparecieron en la mejilla de mi hijo y se perdían
justo debajo de su ojo izquierdo. Yo creo que se la tenía jurada porque Juan la
volvía loca.
Una vez dejó el recuerdo de sus uñas en cinco jóvenes
veterinarios que intentaban vacunarla.
Así era. Varias, muchas veces me arañó con
ganas.
Pero sinceramente, yo la admiraba. Linda siempre fue
honesta, muy libre y muy sincera. No hacía lo que no quería hacer. Por eso
venía cuando quería, dormía a los pies de mi cama o sobre mi escritorio o me
hacía compañía cuando se trepaba al respaldo del sillón.
Gata loca. Linda.
Gata Linda.
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