La muerte, la vida y la nada
Angustiada por las deudas de su novio, Marion roba
cuarenta mil dólares de la inmobiliaria en la que trabaja. Después huye y en
medio de una tormenta decide pasar la noche en un motel. Allí conoce a Norman,
el dueño de aquel sitio, quien la invita a cenar y conversan amablemente. Es
precisamente a partir de ese encuentro que Marion recapacita y decide que al
otro día irá a devolver el dinero y afrontará las consecuencias.
Un despertar de conciencia abre una nueva
oportunidad. Hay un camino después de todo.
Un rato más tarde, Marion muere asesinada
en la ducha.
Esto ocurre en Psicosis, la gran película
de Alfred Hitchcock.
Un juego del director, un recurso fílmico,
una burla. Lo que sea nos tiene gran parte del film siguiendo la historia de
Marion: sus motivaciones, sus temores, su arrepentimiento. Y de pronto todo
queda trunco. La muerte.
La película seguirá, pero atrás, diluida,
incompleta quedará la historia de alguien que ya no importa en la trama.
Todo lo que vimos de ella quedará
incompleto.
Eso es lo que me angustia. No la muerte en
sí, sino el vacío que se produce con la muerte.
Con la muerte desaparecen los proyectos,
los deseos, los pensamientos.
¿Por qué empiezo por acá? Porque quiero hablar de la muerte, de lo que queda, de lo que se va, de lo que muere con nosotros.
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Vendrá la muerte y tendrá tu ojos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesar Pavese
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A veces algunas personas se apagan.
Así, sin ninguna razón aparente. No envejecen ni se enferman. Un día, de golpe
y sin explicación, se apagan.
Son situaciones excepcionales dicen, pero
son impactantes. Un día te encontrás con alguien; conversan, se ríen, te habla
de su vida, de sus planes, de sus proyectos, y antes de despedirse planean un
futuro encuentro. Pero unos días después esa persona no está más. Se apagó.
Nadie sabe explicar por qué.
Así nos vamos quedando solos en esta
conversación universal. Hasta que un día, quizás, nos apaguemos también
nosotros, sin previo aviso.
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Hace muchos años, cuando era chica, hubo
un mundo seguro, o al menos uno que parecía seguro. Las personas no se morían.
Mis viejos, los artistas que admiraba. Todos vivos. El mundo era presente y
futuro, un futuro inmenso en el que creía que todas las personas viviríamos por
siempre.
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¿Será la muerte acaso una entidad? ¿O será
la nada misma, un agujero, el vacío, el mundo que se apaga?
¿Vendrá la muerte y tendrá tus ojos?
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Lo que me preocupa no es la muerte en sí.
Lo que me preocupa es la memoria. Lo que me preocupa es la desmemoria. Lo que
me preocupa es el olvido.
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¿Quién cuenta las historias de los que ya
no están? ¿A dónde están guardados los secretos de aquellas personas que
vivieron hace siglos? O los de aquellos que conocimos de pasada; el kiosquero, la
vecina, el pasajero que viaja a su trabajo ¿A dónde van a parar sus emociones,
lo que fueron, lo que soñaron?
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La primera generación se aferra a los
recuerdos desde un compromiso emocional. Atesora los momentos como propios.
La segunda generación recuerda con afecto,
pero con alguna distancia. Algo reconstruye como propio y algo le contaron. De
todas formas, recibe la herencia y se hace cargo.
La tercera generación no tiene ningún
recuerdo. Puede ser más o menos respetuosa con el pasado, pero no encuentra
ningún lazo afectivo. Heredará, eso sí, un puñado de anécdotas familiares que,
en el mejor de los casos, mantendrá un nombre, un símbolo, un ejemplo.
La cuarta generación no sabrá nada. Ni
siquiera reconocerá nombres.
¿Quién contará nuestras historias dentro
de cientos de años?
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Algunos de nosotros podemos ver a
los Thestrals de Hogwarts. Estuvimos ahí,
en el momento justo en el que se apagaba una vida.
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Cuando
un ser querido se muere me da rabia que se esté perdiendo cosas. Me parece
absurdo, un sinsentido.
"¿Cómo
te vas a morir, boludo?" es lo que pienso.
Mi
viejo se perdió el 2001 y todo lo que vino después; mi vieja vivió un poco más,
pero no lo suficiente, al menos para mí. Los dos se perdieron a Juan, que es lo
que más bronca me da.
¿Cómo
se van a morir, boludos?
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Hace muy pocos días murió mi gatita Linda.
estaba enferma y aunque sabía que estaba muy mal yo quería que se quede.
Hay un dolor que no se va. Estoy triste
por ella y porque además no quiero perder a nadie más.
La extraño todos los días un rato, en
algún momento. Me di cuenta en pandemia que en situaciones de pérdida lo que
uno añora realmente son las vivencias chiquitas. Yo digo que es la huella cotidiana.
En aquellos días extrañaba llevar a mi hijo a la plaza después de la escuela;
extrañaba tomar mate con una amiga. Esas cosas extrañaba.
Con Linda es igual.
Extraño sus maullidos, sus pequeños gestos
amorosos, sus cretinadas de gata mala.
A dónde miro me hace falta.
Ya nadie se va a dormir sobre mi
escritorio.
Nadie aquí va a caminar por los
estantes de la biblioteca, arrojando al vacío los obstáculos que encuentre a su
paso.
Nadie buscando mi calor por las noches.
Pienso en el gato del cuento El sur de
Borges: "y pensó, mientras alisaba
el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados
por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico
animal, en la actualidad, en la eternidad del instante." Hace días que pienso en esta frase ¿Y si no es
así, Borges? ¿Y si te equivocaste? ¿Y si los animales sueñan, imaginan, desean?
¿Habrá sentido mi gatita
que la vida se le terminaba? ¿Habrá entendido que se apagaría para siempre?
Mientras
se empezaba a ir le puse una manta y la acaricié, le susurré, le dije que la
quería ¿Sabría ella que hoy soy yo la guardiana de su memoria en este mundo?
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Linda
nunca fue una gata buena, seamos sinceros.
Fue
jodida desde el primer día. Me lo advirtió la amiga que la trajo a casa:
"me parece que es medio brava" me dijo. Se quedó corta.
No le
gustaba ser abrazada, no quería estar a upa y mucho menos que le tocaran la
panza.
Para
acariciarla, había que bajar una mano y dejarla allí, colgando casi en el piso,
hasta que ella se acercara para ser acariciada.
Una
vez, cuando Juan era chico, se sentó frente a él y estuvo mirándolo por varios
minutos hasta que, sin aviso, saltó y lo arañó en la cara. Unas rayitas rojas
en la mejilla de mi hijo se perdían justo debajo de su ojo izquierdo. Yo creo
que se la tenía jurada porque Juan la volvía loca.
Una vez
dejó el recuerdo de sus uñas en cinco jóvenes veterinarios que intentaron
vacunarla sin éxito.
Así
era. Varias, muchas veces me arañó con ganas.
Pero
sinceramente, yo la admiraba. Linda siempre fue honesta, libre y muy sincera.
No hacía lo que no quería hacer. Por eso venía cuando quería. Y cuando
quería dormía a los pies de mi cama o sobre mi escritorio o me hacía compañía
cuando se trepaba al respaldo del sillón.
Gata
loca. Linda.
Gata
Linda.
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Voy a decir una obviedad, lo
advierto.
Cuando escribo sobre la muerte,
elípticamente estoy escribiendo sobre la vida.
No hay una sin la otra, vienen de a par.
Cuando hablo de la muerte y del absurdo de
dejar de existir pienso más que nunca en la vida y en la memoria.
Pienso en la conquista de territorios
simbólicos.
Pienso en la palabra, a veces limitada, pero siempre guardiana.
Vivir y escribir por momentos se parecen
tanto.
Hoy viniendo para la oficina con la radio prendida, Escuche al Dr. Cormillot y me sentí representado. Seguramente como todos aquellos que de grande y ya sin tener a tus padres, no tuve o no tuvimos la capacidad de sentarnos y preguntarles como había sido sus vidas. Su niñez, su adolescencia, que sueños tuvieron, que se les cumplió. Y un montón de cosas que se pueden agregar.
ResponderBorrarY pensé en darles esa oportunidad a mis hijas, sentarme con ellas y que me pregunten todo lo que quieran. Quizá les solucione el tema que yo lamentablemente no supe o no pude preguntar
Maravilloso José! Es un legado!
BorrarExcelente!
BorrarGracias!!!❤️
BorrarEllos, nuestros compañeros peludos, son trocitos de cielo que, cuando parten, se van hacia el infinito. Son trocitos de sol que anidan en nuestros corazones 💔
ResponderBorrarHermoso!❤️
BorrarHermoso texto! Justo en días en los que ando con el chip de la angustia existencial activado, viene bien leer a otros, que andan pensando en la finitud de la existencia, para no sentirse tan slo.
ResponderBorrarNos hacemos compañía literaria!🫂
Borrartan solo/a quise decir.
ResponderBorrarNaufragio
ResponderBorrarDeja de bañarme los pies. No me gusta.
Me dan cosquillas.
Mientras me cubría aún más con la manta buscando retener el poco calor que me quedaba supliqué: _ "Deja de jalarme los pies, te dije... no me gusta. Siento frío"_.
Mientras, veía la luz de la luna desvanecerse a través de la ventana, era mi última esperanza.
_ Basta, por favor, ¡basta! _
No me quiero ir, déjame ya.
Pero seguiste. Como si intuyeras mi indexación.
Como si me conocieras.
Como si hubieras dormido conmigo las últimas noches.
Conocías mis sueños, o mejor dicho... mis decepciones.
Deja de bañarme los pies, ya no resisto... Siento el cuerpo cansado, ya no puedo sostenerla más, no quiero.
Prometo relajarme y no protestar.
Prometo ser buena chica y dejarme llevar.
Prometo no protegerme más, pero ya... deja de bañarme los pies, ellos solos se irán.
Andrea Santamarina.
Del libro: "Llévame contigo".
BorrarUffff!!! Tremendo!!!
Borrar..."Lo que me preocupa no es la muerte en sí. Lo que me preocupa es la memoria. Lo que me preocupa es la desmemoria. Lo que me preocupa es el olvido"..... justo esto es lo que no quiro queme pase ,por eso atesorao cartas de mi viejos y de mis abuelos (menos mal que tengo una casa grande )que leo cada tanta para saber de ellos, la letra ya la conozco , lo que dicen tambien pero me estaria faltando la voz esa que de apoco se fue apagando como vos decis gracias clau siempre me veo reflejada ensus palabras
ResponderBorrarQué hermoso es conservar esas cartas! Abrazo!
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